De la novela de publicación póstuma París en el siglo XX, Bogotá: Norma, 1995, p. 65.

El correo de la casa Casmodage movía por lo menos tres mil cartas diarias, que salían para
todos los rincones del mundo. Una máquina Lenoir, de 15 caballos de fuerza, copiaba sin
pausa las cartas que 500 empleados le iban entregando. Y sin embargo el telégrafo eléctrico
habría debido disminuir enormemente la cantidad de cartas, ya que nuevos perfeccionamientos
permitían una correspondencia directa con los destinatarios; el secreto se podía así guardar y
los negocios más considerables tratarse con seguridad a la distancia. Cada casa poseía sus
cables propios, que operaban según el sistema Wheatstone, en uso en toda Inglaterra hacía
tiempo. Innumerables valores que se cotizaban en el mercado libre se inscribían por sí mismos
en los paneles situados al centro de las bolsas de París, Londres, Francfort, Amsterdam, Turín,
Berlín, Viena, San Petersburgo, Constantinopla, Nueva York, Valparaíso, Calcuta, Sydney, Pekín
y Nouka-hiva.

Por otra parte, el telégrafo fotográfico, inventado en el siglo pasado por el profesor Giovanni
Caselli, en Florencia, permitía enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura,
autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a 10 mil kilómetros de distancia. La red
telegráfica cubría ya la superficie completa de los continentes y el fondo de los mares; América
se encontraba a la altura de Europa, y en la experiencia solemne que se hizo en Londres en
1903 dos científicos se pusieron en contacto después de hacer que sus despachos recorrieran
toda la faz de la tierra.



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